martes, 27 de marzo de 2012

CRONICA E HISTORIA

LA CRONICA FRENTE A LA HISTORIA
Muchas personas se preguntan qué diferencia existe entre la crónica y la historia, es decir,  y más específicamente entre un cronista y un historiador. La pregunta no deja de ser interesante, y la respuesta, bastante oportuna, sobre todo porque están presentes en este auditorio tanto los futuros historiadores como los cronistas del estado.
Este es un tema que nos trasporta al origen mismo del conocimiento sistemático, a las primeras civilizaciones, al arduo y complejo camino de la construcción del saber científico.
Una crónica es un estilo literario cuyo principal objetivo es comunicar al público general lo  sucedido en un acontecimiento o tema pasado o presente, en ella la apreciación del autor del texto toma gran relevancia. La crónica Está asociada en sus inicios a la oralidad de los pueblos, donde la comunicación era básicamente de boca en boca.
En cambio la historia es una ciencia social que se encarga de conocer, analizar y explicar los acontecimientos pasados, lo que permite entender el presente de los hechos colectivos e individuales y que tienen como función social entender la evolución de las sociedades.
 
La crónica es por naturaleza subjetiva porque se apoya en el punto de vista de una persona y la historia es toda una metodología científica, que intenta mostrar los hechos de la manera más objetiva posible, buscando en todo momento la verdad histórica.
Imparcialidad y parcialidad como parte de la verdad  son los puntos opuestos en los que se puede plasmar un hecho o acontecimiento. Parcialmente es cuando quien escribe toma una posición y describe el hecho desde su perspectiva.
Imparcialmente quiere decir que quien registra el hecho trata de despojarse de asumir una postura personal y lo analiza desde el punto de vista neutral aspirando a darle  valor científico a su quehacer.

Al revisar el uso que se le ha atribuido al término desde la antigüedad, veremos que “cronista” era aquella persona que escribía los sucesos descritos y ordenados cronológicamente, es decir, acordes al momento en que sucedieron, de los más antiguos a los más recientes.
En un primer momento, el término “cronista” era sinónimo de “historiador”, precisamente porque designaba el  quehacer de la persona que registraba los hechos pasados y   presentes en diversos materiales de manera ordenada, con un propósito de trascender en el tiempo. El factor tiempo (khrónos) era la variable más importante para registrar y describir los hechos. La “crónica”, era entonces el relato de los hechos del pasado hasta el presente, era siempre el registro y la fuente de la historia de las sociedades antiguas.
Un cronista puede trabajar con las dos estrategias de abordaje del tiempo: la diacronía y la sincronía. Por la diacronía puede dar cuenta de los hechos del pasado (es decir, hacer historia) y por el de la sincronía, narrar e interpretar los hechos del presente, que son socialmente relevantes para su comunidad.
Precisamente estas dos maneras de entrar en relación con el khrónos, la diacronía y la sincronía, constituyen la base del doble nombramiento del cronista oficial, primero como cronista (historiador) y segundo, como notario histórico (intérprete y narrador de calidad del presente). Queda claro pues, que en la función de Cronista Oficial y Notario Histórico, hay un quehacer especifico, de valor social y profesional.
En este sentido, mientras mayor sea la preparación del cronista como historiador y como comunicólogo profesional, mayor será la calidad con que desempeñe su trabajo.
La crónica no pretende el registro de todas las actividades de la comunidad sobre una base cotidiana (eso ya lo hacen los medios masivos), sino discernir con inteligencia y consignar cuáles de esas actividades, conductas o fenómenos son y serán verdaderamente significativas para la comunidad.
La crónica debe ser selectiva, pues lo que importa es la calidad, oportunidad y trascendencia de la información que aporte, no la cantidad.
Muchas veces el cronista está del otro lado. Del lado de la imaginación y de la creatividad. Para el cronista la realidad no está ahí afuera, tal y cómo sucede, objetivamente, lista para ser descrita. Ahí afuera, vamos, en ese “exterior social” hay muchas voces, percepciones, testimonios, descripciones, tantas como sujetos o subjetividades existan, no se trata de volverse un juez de las percepciones
El cronista es ante todo, en su esencia más íntima, un humanista, un fedatario del haber histórico y cultural tangible e intangible. Es un lector y relator perseverante y obstinado  del tiempo  pasado y del presente, que a su vez atisba el porvenir porque el cronista necesita  del futuro, para contarnos cómo hemos sido, cómo somos, cómo estamos siendo y hacia dónde vamos como pueblo, como barrio, como colonia, como ciudad y como país.

El cronista es alguien que vive al día su realidad, que a veces la goza y otras la llora, no sabe hacer otra cosa, pero es alguien que también propone no sólo en términos de los que hay que rescatar, preservar y difundir, sino también en términos de lo que hay que cambiar. El cronista en la actualidad, está convencido que no todo tiempo pasado fue mejor. 

El cronista relata la historia y también la investiga siendo fiel a los hechos, y la expone bajo un planteamiento estético. El cronista con frecuencia encuentra en el detalle o elemento más ignorado o despreciado, el verdadero fondo de las cosas, porque sabe que los grandes acontecimientos se construyen  en los actos más nimios de la vida cotidiana de los pueblos y los seres humanos.

El cronista no desprecia la realidad, la tatúa, la  interpreta,  y la devuelve como identidad. En el mismo sentido, pero como método de trabajo,  el cronista compila la información, la registra, la investiga, rescata la historia oral  y se provee de todo aquello que la enriquezca, tamizándolo todo  a través de su experiencia personal. Además el trabajo del cronista no le duele a nadie, a ninguna institución ni a ningún presupuesto porque generalmente no cobra por su trabajo, no tiene sueldo alguno ya que sabe sostenerse a sí mismo, acción que realiza convocado por un binomio fantástico de amor a su país y a la cultura, la ancestral y  la de ahora, a cambio de ello es libre para mirar, escuchar, hablar y escribir.

El cronista puede ser visto, evocando a Carlos Monsiváis como pintor de atmósferas; biógrafo de calles o ciudades; fotógrafo de modas y costumbres; coleccionista de risas y gestos como de estados de ánimo y personajes;  aunque en realidad sea memoria del tiempo, gambusino de hechos y caminador de entrañas. Para otros, para los que no lo quieren –porque los hay-, es un teórico de lo superfluo, de lo banal.
Si eso es el cronista y para ser claros y no abusar del tiempo de nadie, brevemente diré que la crónica a la par que la literatura o la historia oral, es aquella que busca estudiar al ser humano y a la humanidad, en su cotidianidad; en sus hechos con mayúscula y con minúscula a lo largo del tiempo, sin importar quién es pobre o rico, sastre, ama de casa, obrero o campesino.  Al cronista y al historiador los divide un aspecto metodológico y por lo tanto, científico. Ya que mientras el historiador realiza su trabajo a través de una metodología, propone una hipótesis la cual debe sostener con documentación de primera mano o testimonios, el cronista apela a algo que no requiere sistematizar: la memoria colectiva o comunitaria, las tradiciones, la vida cotidiana o la tradición oral.
Mientras una a toda costa busca probar, la otra sin la presión de la prueba pero recurriendo a ella, intenta describir pero más aún narrar. Frente a la “prueba” la descripción y la narración palidecen.
Los dos surgen para recuperar los orígenes de una comunidad o de un grupo social.
Sin embargo, la historia critica a la crónica por su ausencia de rigor científico.
La historia se mira a sí misma y en su deseo de reconocimiento social cumple los exigentes requisitos para su inclusión en el reino de los saberes.
Es cierto, que así cuando el historiador busca las causas o la explicación de algún evento el cronista se contenta con la recuperación de un relato o en relatar él mismo algo que pasaría inadvertido.
Por lo tanto, si la Historia quiere reencontrarse con los hombres y las mujeres deben recuperar la conciencia de aquellos lugares a dónde se dirige. Sus ambiciones metodológicas surten un efecto mágico para los especialistas, sus notas al pie de página y su aparato crítico los dotan de un rigor para dialogar entre iguales. Pero en su renuncia al mito la Historia abandonó su capacidad para recuperar la memoria y los sentidos olvidados por el avance demoledor de la modernidad, la industrialización, el progreso y la ciencia.
Tampoco el cronista es un apegado al microscopio que observa frenéticamente algún compuesto químico. La crónica es más bien una mirada, entre otras, al mundo. Pero su capacidad de entrecruzar los géneros, de marchar entre la comprensión y la explicación, de ser conscientemente un ejercicio de interpretación
Pero tampoco una suerte de misión para el cronista de volverse un buscador de la verdad o un reivindicador de las identidades; estas se reivindican a si mismo.
“El historiador así, es alguien que recupera memorias perdidas y las distribuye, como si fuera un sacramento, a aquellos que perdieron la memoria. En verdad, ¿qué mejor sacramento comunitario existe que las memorias de un pasado común, marcadas por la existencia del dolor, del sacrificio y de la esperanza? Recoger para distribuir. Él no es sólo un arqueólogo de memorias. Es un sembrador de visiones y de esperanzas.
La diferencia entre ambos personajes es que el cronista no forzosamente debe ser tan riguroso en ese trabajo; puede tomarse ciertas libertades en el lenguaje, incluir digresiones y hasta chistes, buscando la amenidad. Tiene licencia para exagerar y hasta inventar minucias que no alteren el fondo de su tema.


En concreto, según hemos visto, hay muchas coincidencias y escasas diferencias entre cronista e historiador y ambos son igualmente valiosos.
Crónica e historia de forma permanente irán de la mano, la primera para dar cuenta de los acontecimientos y la historia para analizarlos. Ambas son importantes para la construcción del conocimiento y ofrecerles a la sociedad respuestas pasadas y presentes a la forma en que han venido evolucionando a través del tiempo.

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